Purga

No puedo parar de engullir.

No puedo parar para respirar.

Me atraganto con todas las

(otrora pequeñas)

batallas,

que ya no me dá el cuero para pelear.

Ahogo mi grito de guerra en este hambre desesperado,

angurrienta,

convenciéndome a cada bocado,

de mi suficiencia.

Lamo mis dedos pegajosos y sigo empujando, terca,

por mi garganta,

un poco más de la mierda

que no estoy pudiendo procesar.

Como si existiera el milagro de la náusea,

del vómito instintivo, la purga descontrolada,

o de la propia destrucción,

que me permita empezar a vivir de nuevo,

al grito de las cosas que nunca digo.

A un grito de guerra que no grite para adentro.

A un grito de guerra que me deje en paz conmigo.

Al grito de guerra de mi auténtica voz.

Bandera blanca.

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